¿QUIÉN ES ESTE DIABLO?

jueves, julio 20, 2006

“EL CÓDIGO DE LA VICHY”

- CAPÍTULO I -

Una fría mañana del mes de agosto Juanito Lambón, hermanastro en segundo grado colateral de un conocido actor norteamericano protagonista entre otras de la serie televisiva “Autostopista en celo”, cocinaba uno de sus innumerables manjares, sopa de letras impagadas.

Llegado el momento culmen de su obra Juanito se percató que se le había agotado el ingrediente secreto de tan suculento plato, el agua mineral con gas. Así que tras aprovisionarse de unas cuantas fichas de casino, ya que era un adicto al dinero de plástico, se dirigió al supermercado más próximo a por el líquido elemento gaseoso.

“La Ubre”, que así se llamaba el hiper en cuestión, pertenecía a una cadena internacional de establecimientos públicos dedicados a la venta ambulante de productos de primera necesidad, tales como abono para plantas de plástico, repuestos para alcachofas de ducha, champú anticaspa para vehículos de tracción animal y bebidas gaseosas de todo género, sabor, color y olor.

Tras entrar en el recinto por la puerta del servicio y girar a la derecha, Juanito cruzó la charcutería para vegetarianos, la bombonería para diabéticos y la óptica para ciegos, alcanzando el pasillo de las bebidas alcohólicas, gaseosas y erótico-deportivas. Allí, en una recóndita estantería del fondo encontró el último recipiente del agüita que había venido sorbiendo desde su más tierna infancia, cuando su progenitora decidió sustituir en sus biberones el agua del pozo de toda la vida por la gasificada, evitando, de este modo, tener que pasar por el desagradable trance de golpear la joroba de su retoño hasta conseguir el eructito de rigor.

Sin pensárselo dos veces, Juanito asió el porrón ergonómico fabricado en pvc, reciclable y reutilizable, de veinticinco litros y cuarto y se dirigió raudo y veloz hacia la caja número 13. Allí le aguardaba Sofía Nivea, ingeniera agrónoma titulada por siete de las mejores universidades de América Central y cajera de supermercados en sus ratos libres, hija política del inventor de la crema solar con sabor a huevo y pan rallado, que aprovechaba la ausencia de clientes para terminar de depilarse las corvas con la única ayuda de la cinta mecánica de su caja registradora.

Al percatarse de la presencia de Juanito, Sofía con la ayuda de sus brazos, otrora musculados por la práctica asidua del levantamiento de piedras pómez, elevó sobre sus hombros aquel inmenso porrón de agua con gas, pasándolo en repetidas ocasiones por debajo de un secador de pelo desenchufado, que hacía las veces de lector de infrarrojos de códigos de barras. A pesar del sobrehumano esfuerzo realizado por Sofía, por causas ajenas a su voluntad no pudo conseguir que sonase el pitido tan característico en aquellas latitudes. Así que, tras inspeccionar el contorno perimetral del porrón en cuestión, le dijo a Juanito:

-¡Este artículo no tiene código de barras!.

Al escuchar aquella truculenta voz y contemplar el semblante de la cajera, Juanito únicamente fue capaz de articular la misma respuesta que había usado hacía años, cuando su padre le había pillado mingitando en su acuario de peces tropicales:

-Yo no fui.

Tras rascarse nerviosamente el colodrillo, Sofía exclamó:

-¡Por esta vez que pase, pero me he quedado con su cara!

Dicho esto, aproximó sus protuberantes bembas a una pera-melón o pepino dulce que hacía las veces de micro de ambiente y exclamó:

-¡Atención Somelier!, ¡Atención Somelier!, Necesito el código de barra del porrón de veinticinco litros y cuarto de agua Vichy para la caja 13. El código de la Vichy para la caja 13.

martes, julio 18, 2006

“CON PLUMAS EN EL COCO”


Don Al.Zehimer, un octogenario con más horas de vuelo que los calzoncillos del Dr. Spoke, galopaba a la mayor velocidad que le permitían sus injertos de prótesis de cadera de pollo, de camino a la oficina bancaria de la esquina.

Eran las 13:55 horas del día 31, y debía efectuar el ingreso correspondiente a la amortización de la hipoteca sobre su andadora a cuerda, o de lo contrario el banco la sacaría a subasta y, sin lugar a dudas se vería privado de su congratulatoria compañía.

Tras un largo recorrido desde el geriátrico de la acera de enfrente, por fin había llegado a su destino. Frente a la oficina bancaria empujaba hacia adentro el portalón de acceso a la misma, mientras observaba a través de las cristaleras antibalas como los ocupantes de aquel maquiavélico recinto observaban constantemente el reloj de la pared que indicaba las 13:58, a la vez que se disponían a desconectar las máquinas y cerrar, definitivamente, la caja registradora hasta el siguiente lunes.

Una y otra vez empujaba Don Al.Zehimer el dichoso portalón, pero éste permanecía inmóvil, haciendo caso omiso a los impulsos provenientes de aquellos enclenques, otrora vigorosos y esculturales, brazos.

Siete pisos más arriba de la entrada a la oficina bancaria, en la casa de los Rubiales, unos operarios de “Mudanzas Martín, desde un elefante hasta un calcetín”, sacaban diferente mobiliario doméstico por la ventana del comedor, con la ayuda de una grúa de gran tonelaje. Desde las alturas, uno de los operarios, al contemplar la lucha encarnizada que allí abajo mantenía Don Al con el portalón con cierre de seguridad, emitió un sonoro grito: ¡¡¡¡PARA FUERA, CARAJO!!!!!, ¡¡¡¡¡ABRE PARA FUERA!!!!!.

Nuestro longevo amigo, al oír tales berridos dio, educadamente, las gracias, mientras dirigía su visión a las alturas desde donde provino aquella angelical voz.

La desconcentración del operario en sus labores de descarga provocó que uno de los cojines de 27 kilos de plumas de avestruz calvo del tresillo de los Rubiales, se le escurriese de las manos, cayendo al vacío desde aquella considerable altura.

Por una de esas casualidades que nos tiene reservada la vida el cojín volante detuvo su trayectoria descendente sobre la maltrecha anatomía de Don Al.Zehimer, desparramando todo su plumífero contenido sobre su cráneo.

El anciano, aún aturdido por el impacto sufrido, consiguió abrir el portalón tirando de él hacia fuera, y confundido por el sorpresivo golpe, entró en el establecimiento gritando a los cuatro vientos:¡TODO EL MUNDO AL SUELO, ESTO ES UN ATRACO!, a la vez que escupía del interior de su garganta diversas plumas de pollo al chilindrón.

Los presentes, que ya tenían todos los bártulos preparados para emigrar hasta nueva orden, se lanzaron al suelo, mientras que el director de la oficina, que valientemente se había escondido debajo de la mesa de la secretaria, marcaba en el teléfono digital el 11888, mientras conseguía balbucear:¡POLICÍA!,¡POLICÍA!,¡SOCORRO!, !LA CAPONATA NOS ATRACA!.